Algunas veces nos podemos encontrar decepcionada, atribulada, confundida, insatisfecha, con temor, en medio de muchas dudas o tal vez experimentando un intenso dolor. Cualquiera sea tu necesidad, a pesar de tus heridas, el alivio siempre lo encontrarás mirando la cruz.
Nuestro consuelo es Cristo, cargó en el madero todo el sufrimiento que merecías ante el Padre, para que por Sus llagas pudieras tener paz con Dios. Sus heridas han dado vida a tu alma y sanan todo dolor que el mundo te causa.
“Mas Él fue herido por nuestras transgresiones,
molido por nuestras iniquidades.
El castigo, por nuestra paz, cayó sobre El,
y por sus heridas hemos sido sanados.” (Isaías. 53:5)
El consuelo en todo lo que puedas atravesar está en la certeza de que tus pecados han sido pagados en esa cruz, el justo murió por ti que no lo merecías, para llevarte a Dios (1ª Pe. 3:18).
“Porque también Cristo murió por los pecados una sola vez, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios”.
Meditar en esta verdad da propósito y consuelo a tu vida en cada situación. Porque Sus planes para ti son de bien y no de mal como Él promete. Por tanto, ninguna lucha que pases tendrá desperdicio en la economía de Dios, sino que te hará más parecida a Jesús.
Por eso debes mirar no a tu interior para buscar respuestas en la aflicción, sino a mirar a Cristo. Poner tus ojos en Él. En Su cruz Cristo aplacó la ira de Dios y tú fuiste hecha hija, amada, bendecida, y Dios te ve con la justicia de su Hijo. Dios te ve con amor.
Así que el lugar de tu perdón es también el lugar de tu consuelo, de tu refugio, de tu paz y de tu bendición.
