Nuestra actitud hacia Dios debe ser la que se expresa en Salmo 51:17 Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh, Dios. Cuando adoramos, lo hacemos en espíritu y en verdad (Juan 4:23). Es aquella relación íntima con Dios en la que nos rendimos totalmente a Dios.
Adorar a Dios «en espíritu» significa, que debe iniciar de adentro, del corazón; debe ser una acción sincera, motivada por nuestro amor y gratitud a Dios por todo lo que es y ha hecho.
La palabra «espíritu» también puede ser una referencia al Espíritu Santo. El apóstol Pablo dijo que los cristianos «adoran por el Espíritu de Dios y se glorían en Cristo Jesús, y no ponen la confianza en la carne» Filipenses 3:3
El Espíritu Santo es quien despierta en nosotros el esplendor y el poder de Dios, es quien nos mueve a celebrar, regocijarnos y dar gracias, abre nuestros ojos para ver y experimentar todo lo que Dios es para nosotros en Jesús.
Adorar a Dios «en verdad» significa que nuestra adoración debe ajustarse a la revelación de Dios en las Escrituras. Debe estar instruida por el carácter y el obrar de Dios.
La adoración genuina que exalta a Cristo nunca debe ser insensata ni estar basada en la ignorancia. Debe estar fundamentada doctrinalmente y enfocada en la verdad de todo lo que sabemos de nuestro gran Dios Trino.
Si la verdad de la Palabra de Dios te mueve a levantar las manos, a arrodillarte, a danzar o gritar en voz alta, o a la reverencia solemne, gloria a Dios, asegurémonos de que estemos adorando tanto en espíritu como en verdad. Porque son esencialmente esas personas las que busca el Padre.
