“Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo”.
(Filipenses 2:3)
Dios estableció para el Matrimonio, una entrega mutua, de bienestar en todos los aspectos.
No se logra la felicidad de un matrimonio con el solo hecho de efectuar una ceremonia. Esto requiere olvidarse de uno mismo, para satisfacer las necesidades de su cónyuge e hijos.
Un hombre puede ser un científico brillante o un excelente líder en el trabajo, y al mismo tiempo un bebé egoísta, como esposo en el hogar. La esposa puede ser una organizadora eficiente o presidenta de un club de mujeres y al mismo tiempo una esposa egoísta y desdichada.
El egoísmo nace de un corazón que se ama a sí mismo más que a Dios, más que a su esposa y a su familia, esto trae abatimiento y destrucción a la relación conyugal y familiar.
Pidámosle a Dios que nos libre del egoísmo, esto requiere un corazón dispuesto a obedecer los principios establecidos por Dios.
Debemos transformar el comportamiento egoísta en actos de generosidad y desprendimiento hacia el conyugue y la familia, reconociendo que el egoísmo es algo que desagrada a Dios y a los demás.
