Es importante tener el concepto apropiado de quién es nuestro Padre Dios.
En Su corazón existe el deseo que nadie se pierda, que todos se salven; pero la persona que no respeta a Dios, voluntariamente se excluye a sí misma de recibir sus bendiciones y cosecha las consecuencias de su propio pecado.
Algunos creyentes asumen su salvación a la ligera y piensan que, como ya son salvos, pueden pecar de vez en cuando.
Un hijo de Dios no debe tomar el pecado con ligereza ni abusar de Su misericordia, porque de ser así, lo más probable es que no haya comprendido en qué magnitud sus pecados ofenden a Dios, ni ha entendido el verdadero significado de la salvación.
El apóstol Santiago nos da un remedio contra la mundanidad y es someternos a Dios a través de la entrega y sumisión a EL.
La autosuficiencia, muchas veces, juega en contra de nuestra fe, e impide que nos sometamos a Dios.
Cuando nos someternos a nuestro Padre Dios, hacemos de EL nuestro refugio, nuestra fortaleza; es reconocer que solos no podemos, es correr a los brazos de nuestro Salvador con la confianza plena que EL nos protege porque nos ama, es rendirnos ante quien tiene el poder, la autoridad y el gobierno absoluto en los cielos y en la tierra.
Dios no cambia, EL es inmutable, EL es fiel; somos nosotros los que decidimos en nuestro libre albedrio, lo que queremos hacer con nuestras vidas.
