“Cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que llevaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda; y había con ella mucha gente de la ciudad. Y cuando el Señor la vio, se compadeció de ella, y le dijo: No llores”. (Lucas 7:12-13)
En este conmovedor pasaje vemos el dolor y la tristeza que estaba sufriendo una mujer viuda de Nain; ante la pérdida de su único hijo.
Esta mujer necesitaba esperanza, consuelo, compañía, pero sobre todo necesitaba un encuentro con Jesucristo; y este glorioso momento fue el que esta mujer pudo tener cuando su corazón estaba destrozado a una causa de la tristeza y la aflicción.
Cuando Jesús la vio, se compadeció de ella, El Señor en su puro amor manifestó compasión y extraordinaria ternura hacia esta mujer, y así es como se dirige a ella diciéndole “No llores”.
Estas palabras salidas del corazón de Dios Padre significaban que a partir de ese momento la vida triunfaría sobre la muerte, un maravilloso milagro que toda la multitud logró ver en ese día, el muerto revivió, y la madre desbordaba de agradecimiento y alegría.
Jesucristo también nos ve en este día y se compadece, permitamos que Él derrame sobre nuestra vida toda su ternura, su amor y misericordia.
