“He aquí, herencia de Jehová son los hijos; cosa de estima el fruto del vientre”
(Salmo 127:3)
INTRODUCCIÓN:
En la cultura activista, materialista y egocéntrica del siglo XXI, se ve a los hijos como responsabilidades y estorbos y no como una verdadera “bendición” de Dios. En nuestro caótico mundo los niños les ha tocado la peor parte. Nunca como hoy nuestros niños y adolescentes sufren de soledad y abandono, con padres que trabajan cada vez más horas, que ya llevan dos o más matrimonios, con hogares donde se tiene que adaptar a convivir con padrastro (o madrastra), hermanastros, etc.
A la luz de la Biblia, los hijos hoy y siempre deben ser vistos como una oportunidad de moldear el futuro y responderle a Dios en uno de los ministerios más importantes: la Paternidad (Salmo 127:3).
Este escenario exige de una paternidad racional, equilibrada, donde los padres se remonten por encima de su propio egoísmo, de sus propios conflictos y los hijos recuperen la valía y el lugar fruto de verlos como delegación directa de Dios Padre.
Muchos padres dan por sentado que aman a sus hijos, porque se preocupan de su comida y vestido, y temen demostrarles cariño porque les puedan faltar al respeto. Todo hijo necesita que se le ame sin importar su apariencia, que se le ame a pesar de sus puntos débiles y fuertes, que se le ame actúe como actúe, aunque se le corrija todas las veces que sea necesario.
