En nuestra vida cotidiana, sobre todo como jóvenes cristianos, muchos de nosotros nos sentimos presionados por la búsqueda de logros y metas en la vida diaria. Estamos tan enfocados en alcanzar nuestros objetivos y establecer nuestras carreras que a menudo nos olvidamos de lo más importante: la eternidad.
Pero la Biblia nos enseña que “lo que los hombres cosechan es lo que siembran” (Gálatas 6:7). ¿Qué estamos sembrando en nuestra vida? ¿Estamos sembrando semillas de amor, misericordia, justicia y verdad, o estamos sembrando semillas de egoísmo, miedo y codicia? La parábola del grano de mostaza (Mateo 13:31-32) nos enseña que, aunque parezca insignificante, un pequeño grano de mostaza puede crecer y producir grandes frutos. De igual manera, nuestros pequeños actos de amor y servicio pueden tener un impacto significativo en la vida de otros y en la eternidad.
Como cristianos, tenemos una oportunidad única para sembrar para la eternidad. Podemos sembrar palabras de aliento y esperanza en los oídos de aquellos que están sufriendo. Podemos sembrar obras de misericordia y amor en las comunidades que necesitan ayuda. Podemos sembrar oraciones y súplicas a Dios para que bendiga a aquellos que están necesitados.
Pero, así como tenemos la gran oportunidad de sembrar cosas que son buenas, también podemos sembrar semillas de error y confusión. Podemos sembrar palabras de odio y división en los oídos de aquellos que están heridos. Podemos sembrar actos de egoísmo y ambición en nuestras vidas, lo que nos lleva a descuidar nuestros valores y prioridades. Así que, ¿qué vamos a sembrar hoy?
Meditemos en que tenemos una oportunidad única para dejar un legado que dura para siempre. Podemos sembrar palabras de vida y esperanza en los oídos de aquellos que vendrán después de nosotros. Podemos sembrar actos de amor y servicio que inspiren a otros a seguir el ejemplo.
La pregunta es simple pero profunda: ¿Qué tipo de fruto queremos ver crecer en nuestra vida?
¡Haz una elección sabia! ¡Sembrando para la eternidad!
